jueves, 20 de mayo de 2010

Monster

Monster no era raro, sólo era un tanto diferente. Disfrutaba de las cosas más normales de la vida y saboreaba el mundo como si se tratara de un enorme helado de vainilla con trocitos de chocolate y pizcas de almendras. Le gustaba, por ejemplo, andar al lado de la fila de hormigas que rodeaban toda su terraza e irles contando cómo andaba su día, de qué humor se había levantado, a qué le olía la tarde, cuántas sonrisas había logrado regalar sin que se perdieran en el aire, y cuántas de obsequio había recibido.
También pasaba sus horas dibujando en papelitos de colores los símbolos que utilizaba para comunicarse con "ellos" y luego los lanzaba al viento desde la torre más alta de su patio dejándolos abrazarse al vaivén de la vida con la certeza de que llegarían a su remitente en el momento y lugar necesarios.


Monster andaba repartiendo sonrisas a diestra y siniestra cada vez que algo le alegraba -aunque en algunos casos éstas no fueran recibidas de la mejor manera-. Hoy, cuando sin quererlo se estrelló contra unos ojos profundos y sonrientes que lo hipnotizaron, todo pareció ir en cámara lenta durante algunos minutos, y  esto generó la inevitable construcción facial de esa sonrisa cautivadora que aparecía cuando algo le tocaba -como si se tratara de una varita mágica- el rincón más profundo de su alma. Lo que disparó esta sonrisa tan especial fue el encontrarse con otra que encajara perfectamente con la suya...y cabe aclarar que esto no sucedía muy a menudo aunque sonriera casi todo el día. Hoy si pasó.


Monster casi no durmió dada la emoción de encontrar otra sonrisa en el mundo, que estuviera precisamente en su mismo nivel de sintonía. Que le hubiera dirigido una de las sonrisas que él mismo solía compartir con tanta gente desconocida.


Monster descubrió una nueva sonrisa hoy. La sonrisa del alma. Pero en otra persona.

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